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viernes, 11 de mayo de 2018

Morir un poco

Todos los que atravesamos éste problema de la infertilidad terminamos aprendiendo mucho, ya lo supe decir. Aun así, creo que todos hubiéramos preferido ser unos perfectos ignorantes de temas de reproducción asistida y ser felices padres ignorantes de taaaaanta y tan detallada información sobre cómo tener un bebé o al menos intentarlo. Iba a escribir “o al menos morir en el intento” pero suena muy fuerte, aunque no le hubiera venido mal al tema sobre el que quiero escribir hoy.

Para entrar en detalles, desde fines del año pasado asisto casi mensualmente a un especialista en osteopatía. Para el que no sepa de qué se trata la verdad que no sabría describirlo exactamente, es una mezcla de kinesiología con fisioterapia, trabajan puntos específicos del cuerpo con las manos y la verdad que es bastante beneficioso.


En la última visita allí, me tocó en suerte que me atienda el dueño del centro, que antes de poner manos a la obra se tomó media hora para charlar. Yo llegué allí buscando soluciones o paliativos para algunos síntomas que me acompañan desde hace un par de años relacionados a la ansiedad, los oídos tapados, algunos mareos, el cansancio físico y mental. Entonces el doctor comenzó a indagar más preocupado en mis razones emocionales que en las físicas.


Y por supuesto que surgió EL tema, nuestro tema queridos lectores. Y me comentó algo que no había leído antes ni había surgido en charla alguna, que ni había pensado. Me dijo que lo de la infertilidad, no poder ser padre, es morirse un poco, nos genera una “angustia de muerte”. Que el hombre desde tiempos muy muy lejanos, desde el comienzo bah, tiene como uno de sus “objetivos” procrear para continuar la especie y para verse perpetuado en su hijo, seguir vivo de alguna manera. Que si no lo logra es como morirse. Y resulta que nunca lo había pensado de ésta manera y me hizo reflexionar bastante.


A veces pienso en cómo puede afectar tanto el no poder tener hijos, cómo puede ser tan fuerte ése deseo, casi necesidad. Y lo cierto es que la respuesta estaba allí, o parte de ella. No sólo es un deseo propio, nos viene escrito y sellado desde miles de años pero supongo que no lo tenemos presente o directamente ni enterados estábamos. Igual, tranquilos, no le voy a echar toda la culpa a un Neanderthal por mis lágrimas de hombre infértil. Aun siento que ése deseo de ser padre y que algún día me digan papá es todo mío pero quizás era más fuerte de lo que creía culpa de ésos hombres milenarios que creían que si no tenían hijos se morían.


La verdad es que hoy difícilmente creamos en esas ideas pero más de una vez habremos dicho al aire o para nuestros adentros un “me quiero morir” ante los avatares del ser infértil, ante cada nuevo problema encontrado o cada negativo. Y en realidad creo que es lo que menos queremos, sino todo lo contrario, queremos vivir para dar vida o, como en nuestro caso, vivir para acompañar la vida de otro adoptándolo y brindándole un hogar, una familia.


El tema de la ansiedad también tiene raíces allá lejos y hace tiempo. Me gusta explicar a alguien que desconoce del tema que ansiedad y estrés tenemos todos desde hace miles de años porque es una respuesta básica del cuerpo ante una amenaza y tiene que decidir entre huir o luchar. El corazón se acelera, la sangre bombea más hacia brazos y piernas (por eso los mareos, porque sube menos al cerebro), los temblores, sudores, etc. El tema es que ésa programación mental y física era muy útil hace miles de años para luchar contra algún animal para comer o para correr huyendo de algún depredador. Hoy no hay tales amenazas salvo en situaciones puntuales pero hay miedos a los que el cuerpo reacciona igual (y equivocadamente, claro). Eso, resumidamente, aprendí en estos años de sufrir la ansiedad y luego de leer mucho para entenderla.


Volviendo a nuestro tema, si esos hombres peludos y de idioma inentendible se sentían morir por no tener un hijo hoy existen miles de otros hombres que muuuuchas veces también hablan un idioma tan inentendible como aquél, pero los de hoy son médicos y tenemos la suerte que existen y cada vez avanzan más y más para tratar de cumplirles el deseo a miles de personas. Me salió sin querer un pequeño agradecimiento a los que combaten la infertilidad.


Quiero decir que no sentí ésa angustia de muerte con la infertilidad. Angustia a secas claro que sí, junto a otros sentimientos que todos ya conocemos porque hicimos el recorrido tipo montaña rusa que significan los tratamientos, el antes, el durante y el después.


Así que vengo a afirmar que lejos estoy de morirme, ni un poco siquiera. Hoy existe la ciencia que antes no. Eso sólo debería alejarnos de la sensación de morirse y, por el contrario, agarrarnos fuerte a la esperanza.

viernes, 9 de marzo de 2018

Demasiada realidad (volver a soñar)

Esto escribí el 8 de Marzo en el transporte de vuelta a casa.
Siempre fue para mi un momento de relajación, de mirar la gente desde la ventanilla, muchas veces de mirar sin ver. Pero muchas otras de tomar una foto de un instante de alguien, imaginarme su historia, sus alegrías y sus penas.
Pero lo que haré ahora mismo es contar la serie de situaciones que me pasaron hace minutos, en el camino que va desde la puerta de salida del trabajo hasta la misma puerta del colectivo.
Hago 10 metros sintiendo el aire en la cara luego del encierro en la oficina y me interrumpe el paso un papá que quizás habia dejado a su esposa en la marcha del día de la mujer y él se quedó a cargo de los niños. Un hijo de la mano y otro en el cochecito. Les juro que ése hubiera sido yo, tal cual, la misma actitud, las mismas ganas. Fueron dos segundos de un espejo donde vi al yo que siempre imagine y no pude ser.
20 metros mas allá, dos veinteañeras embarazadas de unos 8 meses las dos, con enormes panzas. Por el parecido de ambas les aseguro que eran hermanas y que iban con su madre. Tan fácil y tan exacto iba a ser el tiempo para las dos??
Unos pasos mas y una pareja jugaba junto a sus dos hijos en un banco de la plaza. Las risotadas eran tantas y tan fuertes que llamaban la atención de otra pareja que miraban encantados la escena, como deseando estar en ése lugar de padre y madre felices. Los que miraban tenian menos de 20 años, los noté en ésa etapa de enamorados que aún no sabe de discusiones, malos ratos ni reveses. Recuerdo ahora que yo también fui de esos. Me extraño muchas veces.
Y no muchos metros más allá una abuela con dos nietos. Pocas imágenes más tiernas no?
Resumiendo, en 200 metros fue como ver una película repleta de escenas en las que me gustaría ser actor y sólo soy espectador. Fue como volver a ver una de esas que te deja pensando o te hace llorar.
Luego no pasó nada durante muchas cuadras. Bah, pasó lo de siempre, gente, bocinazos, la vida común. Pero al llegar a la Terminal me crucé con una nueva pareja, él empujaba la silla de ruedas de ella que lucía una remera que en su pecho decía "Girl Power", en furiosas letras rojas. Ambos reían.
Me sentí un idiota. Pensé en algo muy común que se da cuando vemos a alguien con un gran "problema" como ése y nos comparamos y nos auto preguntamos "¿de qué me quejo?"
Lo cierto es que no logro soltar toda esta mier.. Sé que debo soltarlo, por mi y por los demás. Por ella, la que está a mi lado.
Quiero volver a mirar por la ventana e imaginarme las cosas lindas que les pasan a los demás pero más aún quiero mirarme dentro e imaginarme las cosas lindas que, un día, me van a pasar a mi. Volver a soñar un poco..
Demasiada realidad últimamente.